viernes, 5 de diciembre de 2008

Kurdistan (Turquía), Agosto/89 frontera Siria,Irak,Iran y Armenia (30 días)


El KURDISTAN TURCO.

Hacia la tierra de los kurdos.


En el extremo este de Turquía, arraigados a su suelo polvoriento y árido, nos encontramos con un pueblo de antiquísimas raíces. Separados por límites fronterizos, aunque no por sentimientos; con una superficie dudosa y sin una cifra exacta de habitantes, nos adentramos al descubrimiento de este insólito lugar, algo más allá de las puertas de Asia.



Con un afán de aventura y ansia de descubrir un pueblo distinto, al que solo por referencias y lecturas habíamos accedido, era ya el momento de ver aquellos lugares que desde hace siglos fueron enclave importante para tantas civilizaciones y por los que pasaban aquellas legendarias caravanas de la ruta de la seda.
Acompañados solo por un pensamiento occidental y dispuestos a descubrir aquellos mitos que durante tanto tiempo corrieron por oriente, comenzamos nuestra ruta.


¡El Kurdistán es increíble!,
 cierto que lo es, pero más lo llega a ser su gente. Encrucijada de civilizaciones que aportaron un poco de su historia para formar lo que hoy es la idiosincrasia de un pueblo que, por encima de todo, se aferra a su fe y su religión.
Abandonando el verdor de la costa del mar negro, nos dirigimos hacia Anatolia oriental. La tierra se vuelve yerma, pero no por eso menos bella con el serpenteo de las montañas de altitudes similares a los 3000 metros, y de color indefinido.


La soledad es la que impera durante muchos kilómetros y nos acompaña con un absoluto silencio, frente a un paisaje jamás visto, con una sensación misteriosa, indescriptible.
Después de muchas horas de viaje y sin cruzarnos con vehículo alguno, por fin se llega a un pequeño pueblo de nombre Bayburk. La tierra parece teñir también la vestimenta de sus mujeres, que impuesta popularmente es de rafia similar a la usada para los sacos, sin más ornamentación ni forma definida.



Después de casi 600 kilómetros, siempre hacia oriente, terminamos en la extraña ciudad de Kars. Se dice de los nativos de esta ciudad que son desconfiados y fríos, pero la realidad es bien distinta. Una vez que toman contacto con el viajero, se tornan hospitalarios y gentiles, pero sobre todo curiosos. Los hay también interesados y empujados por un naciente interés de lucro hacia el turismo, que de forma insipiente comienza a llegar a su ciudad, atraído por las cercanas ruinas de Ani , cuya visita requiere un permiso de la oficina de turismo y un visado de la policía de Kars.

Al caer la tarde se percibe como las mujeres se van ausentando de las calles para dejar paso al gentío masculino, el cielo va apagándose y el silencio penetra en los oídos, perturbado sólo por el canto del almuecín.



Ani, la ciudad en ruinas a 44 kilómetros de Kars, es realmente fascinante, irreal, que se levanta en medio de los campos alineados a lo largo del río Arcapay, frontera natural entre Turquía y la Republica de Armenia. Desde allí se pueden ver las atalayas de los vigías ( antes rusos ), y es por su situación estratégica por lo que está completamente prohibido visitarla portando cualquier tipo de cámara fotográfica o de video.


Previamente a traspasar la muralla que la rodea, un soldado se encarga de registrar a los viajeros para comprobar que todo está en regla.


Ani fue en principio la capital de un pueblo urartiano, y luego de un estado armenio ( 953-1045), seguidamente fue conquistada por los bizantinos y vuelta a conquistar por los selyúcidas de Irán , a los que siguieron los georgianos y finalmente los emires kurdos.


Su destino continuó siendo agitado hasta la llegada de los mongoles en 1235, que expulsaron a todos y a cada uno de los pueblos anteriores. Pero los mongoles eran nómadas y la vida sedentaria no tenía ningún aliciente para ellos, así que Ani fue desapareciendo con el paso de los siglos.


Aún sigue siendo asombroso como un estado completamente descuidado se mantienen tras las murallas los vestigios de ocho iglesias, un convento, la ciudadela, una mezquita, la catedral y a orilla de la garganta varias cavernas que aquella época debieron estar habitada.
Bordeando la frontera de Armenia y de Irán nos dirigimos hacia Dogubayazit, en busca del legendario monte Ararat, El viaje lo hacemos en “ dolmus “, vehículo local tipo minibús para 12 personas en el que normalmente llegan a subir hasta más de 20, si escapan a los controles policiales de carretera. El motivo: cuantos más viajeros, más barato es el billete que se va repartiendo entre todos.


Durante el trayecto, la curiosidad de esta gente es inevitable y emprendemos una conversación por medio de gestos, algo absurdos pero llevaderos, mientras el dolmus sigue recogiendo pasajeros por los caminos, allí donde no hay paradas, ni pueblo alguno en muchos kilómetros a la redonda, como aparecidos de repente. Sin embargo, aunque en el pequeño vehículo ya no hay espacio ni para respirar, procurar no molestar al extranjero, que es el único que tiene derecho a ocupar completamente su asiento.


Las fronteras armenias e iraníes quedan a nuestra izquierda, pegada a la carretera, y ellos no cesan de indicarnos con la mano donde estaban las antiguas republicas soviéticas, con una sonrisa pícara. Diseminados a lo largo del camino, los campamentos nómadas con sus rebaños de cabras y ovejas, cuyos dueños nos miran atónitos.


Durante siglos este pueblo ha estado dedicado al pastoreo y la ganadería, que es su mayor riqueza. Con la lana de un determinado tipo de oveja se fabrica los killins, alfombras kurdas cuyos dibujos y textura varían dependiendo de la zona donde hayan sido tejidas. Así un killins de Anatolia central no se parece en nada a uno de los que se fabrican en la misma frontera iraní, incluso más allá de ella.
Por la ventanilla del dolmus contemplamos por fin el famoso “ buyuk Agri “ , conocido como el gran Ararat, con sus 5165 metros de altura, y su cima siempre cubierta de nieve; donde se cree descansan los restos del Arca de Noé.


Dogubayazit a solo 35 kilómetros de la frontera con Irán y punto importante en las antiguas caravanas de la ruta de la seda, es hoy un lugar de paso para los comerciantes con destino a Teherán.
Bajo las faldas del monte Ararat, la ciudad recobra vida con su gente, bulliciosa, alegre y comerciante. De inmediato intentan establecer conversación con nosotros, desinteresadamente preguntan y te invitan a su tienda de alfombras, mostrándotelas orgullosos e invitándote a té para demostrar su cortesía..


A 7 kilómetros se encuentra el majestuoso palacio de Isak Pasá, que en lo alto de un monte y rodeado de murallas casi incrustadas en la tierra, se levanta majestuoso hacia el valle.
Este palacio es un vestigio de la arquitectura Selyúcida, Otomana, persa y Armenia, que afortunadamente está empezando a ser restaurado. Se construyó a instancia de Colak Abbi Pasá, pero fue su hijo, un jefe kurdo llamado Isak quién lo acabó. 


Bajando del palacio y acompañados por el aullido de los perros salvajes como si de lobos se tratase, contemplamos caer la tarde con una gama de colores verdes, azules y ocres, que se entremezclaban con la difusa luz del ocaso. Mientras tres niñas se acercaban a nosotros corriendo desde una casa cercana, gritando “ bombó “, “ Bombó “, y tocando todo lo que llevamos encima. La pobreza de sus ropas y peinados, con una expresión mucho más que dulce y esa forma curiosa de mirarte que tienen los niños del kurdistam nos conmovió. Tras el objetivo de mi cámara, y viendo tanta pureza y sencillez, alguna lágrima, sin quererlo se me derramó, mientras el diafragma de la cámara inmortalizó aquella imagen de la tres chiquillas y el monte Ararat tras sus espaldas.


La vida es realmente dura en esta tierra alejada de tecnicismos, donde un juguete puede ser una hoja de papel y un lápiz regalada por un loco viajero.
Nuestro siguiente destino en el recorrido sería la ciudad de Van. La mejor alternativa , olvidarse del camino oficial que siguen los autobuses y tomar un dolmus en cualquier agencia de transporte. El viaje aunque más corto, resulta duro por lo agreste del terreno. No obstante vale la pena cruzar los caminos pedregosos para acercarse a la gran cantidad de campamentos nómadas de tiendas blancas y marrones, de hombres salidos del medio que habitan, de mujeres a las que se distingue como una nota de color entre los rebaños de ovejas. Los perros totalmente extrañados por la presencia de visitantes, se tiran ladrando estrellándose contra las ventanillas del vehículo.


Y mientras, el gran Ararat queda a nuestras espaldas y el paisaje se convierte en una extensa manta de lava de color gris, el conductor del dolmus nos desvía a un lado del camino. Y allí donde nadie podría creer que existe agua, aparece una cascada y un río cruzada por un puente de tablas. Al otro lado del inseguro puentecillo, un humilde comerciante de killins nos muestra el arte de tejer antes de proseguir nuestro viaje.
A lo lejos el sol comienza a caer sobre las aguas saladas del lago de Van, junto a la ciudad del mismo nombre.


Van está situada en el sudeste de Turquía, en una de las zonas más conflictivas del Kurdistam. Hay tantos militares y policías, que es raro andar más de cinco metros sin tropezar con alguno. En las carreteras los controles comienzan a hacerse riguroso, los pasajeros son obligados a bajar del vehículo y mostrar su documentación. Cualquier sospechoso es registrado, y absurdamente para estas reglas, las mujeres de la zona permanecen en los vehículos sin someterse a todos los controles que deben pasar los hombres.
El Kurdistam es un pueblo que reivindica su independencia como tal nación que está repartida entre el sureste de Turquía, repúblicas de Armenia y Georgia, norte de Iran, noroeste de Irak, y norte de Siria. Los kurdos constituyen la minoría más numerosa y conflictiva del próximo oriente. Luchan por ser una patria tal y como se firmó en el tratado de paz con Turquía.
Kermal Atartuk realizó su programa nacionalista creando la república turca en los años veinte, ante lo que los kurdos reaccionaron tomando las armas para conseguir el respeto del nuevo gobierno a las cláusulas del tratado, pero fracasaron en su intento. El aire de descontento se respira al pasar por las calles de Van.


Al atardecer, todo queda reducido al murmullo de las tiendas de alfombras, killins, pipas talladas en espuma de mar, ( material fácil de modelar ), rosquillas, jarras de brillante cobre, bronce y estaño. Mientras el olor a Kebap, hecho con brochetas de carne entre las que se intercalan tomate, cebollas, y pimientos, se extiende invitándonos a probar bocado, y una musiquilla alegre nos empuja hacia una de estas tiendas.
El comerciante, un chico de unos veinte años, se acercó a nosotros amablemente ofreciéndonos una taza de té. Y sin poder evitarlo nos vimos inmerso en una charla sobre las cuestiones políticas de los kurdos. Este joven se defendía en un inglés fluido, aprendido en tan solo dos meses en la ciudad de Izmir, en la costa oeste del país. Es asombrosa la facilidad con que aprenden y el interés que muestran por todo idioma extranjero, especialmente por la lengua inglesa. Fue mientras estudiaba en Izmir cuando le apresó la policía, después de haber sido agredido por compañeros de su clase. Fue algo trivial, tan sólo manifestó durante una clase de prácticas que era del Kurdistán, pero esto ya fue suficiente para que le dieran una paliza y le agrediesen con una navaja a la salida de clase, para ser posteriormente detenido. Desde entonces la policía no ha dejado de controlarle. Y mientras contaba sus historias miraba de reojo a la calle y a todo el que entrase a su tienda por si lo vigilaban.


En ocasiones estos vendedores de killins importan sus mercancías desde el otro lado de la frontera, transportada en asnos a través de las montañas, siempre de noche y esquivando los controles de la policía.


A cuatro kilómetros de Van se encuentran las ruinas de la antigua ciudad, conocida como “ Van Kalesi “; o el peñón de Van, a la orilla del lago. Para subir al peñón y al castillo en ruinas, no hay escaleras ni caminos, pero rápidamente los niños se ofrecen mostrándote los atajos más fáciles para subir la muralla. Tristemente pueden contemplarse escrituras urartianas talladas en piedra, abandonadas y sucias a un lado de la muralla, al igual que una cámara funeraria excavada en la roca. Mientras los niños nos divertían explicándonos palabras en kurdo y turco, haciéndonos saltar de un lado a otro, esquivando las piedras.
Son en definitiva un pueblo aferrado a su cultura, a sus tradiciones, a su territorio, difícil de definir, por el que luchan duramente con escasos recursos y privados de ayuda de un gobierno que pretende acallar todo clamor independentista. Pero ante todo son gente sencilla que se aferra con esperanza a la tierra que los modeló, el Kurdistan.

Si queréis ver los otros destinos en este mismo viaje por Turquía, ahí van:

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